Había una vez un gusanillo apocado y miedoso, que le tenía un especial miedo a la oscuridad, y por lo tanto un terror indescriptible a la noche.

Gusanillo percibía la noche como una negrura malvada que servía como manto de escondite para fantasmas y todo tipo de criaturas viscosas, roñosas  y deformes que esperaban algún descuido suyo para hacerle daño.

Así es que, para poder soportar esta diaria faena, se había hecho amigo de una luciérnaga, a la cual corría a buscar en cuanto el sol abandonaba la espesura del bosque.

-Amiga mía -decía zalamero al llegar con la luciérnaga- me acuerdo todo el día de ti y de tu bella compañía y no puedo evitar venir contigo, es lindo verte a diario, ojalá que esta amistad no termine nunca.

La luciérnaga siempre encantada de tanto mimo, recibía igual de amorosa a su amigo y juntos pasaban una iluminada noche, viviendo buenas aventuras, correteando y explorando cada rincón del bosque, siempre de la mano, cuidándose el uno al otro, y contándose todos sus secretos.

Hasta que una vez más el astro rey florecía con sus pétalos dorados y cada cual retomaba por su lado.

Así pasaron los días y entonces sucedió que un envidioso y solitario azotador, molesto de ver a los dos tan contentos y anhelando la luz de la luciérnaga, urdió un plan para su provecho.

Se arrastró pesadamente hasta donde la luciérnaga se encontraba iluminando a unas hormiguitas obreras, carraspeó la garganta y con voz seca le dijo:

-¡Vaya, vaya señorita  yo esperaría de tan brillante insecto un superior intelecto!

-¿Qué dices azotador?  -contestó molesta la luciérnaga- Habla claro, siempre con tus rimas, si vienes a decir tus locuras mejor ve a arrastrarte a otro lado.

-No te molestes doncella, no arrugues esa cara tan bella; sólo digo que tu amigo, tiene otro fin al estar contigo

-¿Cómo que otro fin? ¿Qué quieres decir, bribón de pelos parados?

-Dama gentil, no se enoje, todo el asunto hace que un servidor se sonroje; digo verdad, lo juro, cuando digo que su amigo tiene miedo de lo oscuro.

-¡No, no, eso es imposible, somos los mejores amigos y nos contamos todo, él me lo habría dicho, no eres más que un loco, solitario y metiche delincuente!

-Bueno, calmada, no me llame entrometido, yo tan sólo la he advertido; más contésteme una sola cosa ¿Por qué su amigo, si no es fantoche, lo es tan sólo cuando es noche?

Y una vez dicho esto, el azotador se fue arrastrando su espinoso cuerpo con una deliciosa sonrisa, dejando a la luciérnaga sumida en reflexiones.

Pero nunca son tantos los males, es así que un burlón cuervo que pasaba por ahí y que había oído todo, no dudó en hacer más penosa la situación de la confundida damita, graznando mofas y carcajadas; pero la luciérnaga que no estaba de buen humor, voló hasta donde se encontraba el vil pajarraco  y le deslumbró los ojos con una fuerte luz, el pájaro planeó directo hacia un árbol y cegado se estampó de lleno con este.

Volvió a reinar la luna y con ella llegó como siempre el gusanillo. Quien volvió a deshacerse en halagos y mimos.

-Bonita niña, pero qué linda luces hoy, ya no podía soportar tanto tiempo sin verte y es que cuando estoy sin ti es como si me faltara un ojo -dijo dando un fuerte abrazo a la luciérnaga, quien sólo contestó con una leve sonrisa.

-¿Amigo mío, te parece si apagamos un momentito mi luz, para que podamos admirar brillar con toda su gracia a esas lindas estrellas? Además me siento un poco cansada -comentó pícara la luciérnaga

El gusanillo contestó enseguida al borde del espanto -¡No, yo no lo creo buen plan amiga mía, no, y es más, pienso que deberías alumbrar aún con más fuerza! Ya que aunque te canses un poquito, ¿Dime tú si no es mejor vernos los dos antes que a esas aburridas estrellas?

-Pero es que la oscuridad también es algo bello ¿No lo crees? -insistió la luciérnaga

-Por supuesto que lo creo, y debo decir que me encanta, me fascina la oscuridad, con su magia, los males que oculta a nuestra pobre vista y todo, ¡Pero poder verte es mejor que mil y una noches!

La luciérnaga contuvo su enojo y terminó la velada con su amigo como siempre lo hacía, sin dar sospecha alguna de su malestar.

A la luz del primer rayo de sol el gusanillo ya se había marchado, entonces, ni tarda ni perezosa y movida por un gran despecho se dirigió donde el azotador.

Este se hallaba esperándola

-¿Dime a qué debo dulce hadita, tan inesperada y primorosa visita?- Exclamó tranquilo el azotador al tiempo que daba un buen sorbo al te amargo que se preparaba.

-¡Vine porque aunque eres un malvado, es cierto lo que dices, comienzo a sospechar que al gusano sólo le intereso por mi luz! -contestó furibunda la luciérnaga

-¡Vaya, qué dolor es el que siento, por cada espina mía que lo lamento!

-Déjate de tu compasión y dime ¿Cómo debo hacer para vengarme del condenado gusano? ¡Quiero enseñarle una buena lección, para que no vuelva a tratarme como un objeto, aprovechándose de mis sentimientos!

-¡Qué correrías del destino, niña mía te juro que obras por el buen camino! –dijo y su sonrisa se hacía cada vez más evidente.

-¡Dime de una vez qué debo hacer, y acabemos con esto, que tus versos hacen que me duela la cabeza!

-Muy bien haremos lo siguiente, y lograremos a tu amigo hincarle el diente: ¡Para probar si el gusano es a ti a quien necesita, vas a entregarme niña esa brillante lamparita!

-¿Yo? No, yo no creo que sea una buena idea…-Clamó dudosa la luciérnaga, alejándose del azotador.

-¿Acaso no y dime si miento, deseabas al gusano dar un escarmiento?

-Sí, pero yo no pensé que para eso debiera pagarte un precio tan alto

-Mentira linda, llamas tú salario, lo que es tan sólo un movimiento necesario

-Yo, no lo sé…

-¿Por qué es que dudas estrellita?, una vez que lo hayamos escarnecido, al momento te regreso tu valiosa lucecita y como si nada hubiese sucedido. –Argumentó el azotador valiéndose de su rostro más sincero.

La luciérnaga al fin seducida, se quitó su foquito y bajó a entregárselo al azotador, el cual sin poder ocultar más su triunfante sonrisa enseguida se lo acomodó en la cola.

Cuando el antes luminoso insecto quiso arrepentirse, el azotador le dio un coletazo que la dejó tendida en el suelo, la amarró a una rama y festejó con una estruendosa carcajada.

-¡La luz es mía! ¿Lo pueden creer?, por ser tan ciega haz ignorado que oír al mal, aun diga bien, tan sólo mal te puede hacer.

El gusanillo, de vuelta  la noche, llegó y vio a lo lejos a su amiga quien brillaba esta vez con más intensidad que nunca, pero cuando se hubo acercado lo suficiente para darse cuenta de que no era ella, se encontró ya enroscado por el canalla azotador, quien lentamente lo iba sofocando con sus puntiagudas espinas.

La luciérnaga miraba con espanto toda la escena, pero al fin amarrada, nada podía hacer sino llorar y gritarle al gusano que nunca fue su intensión tenderle tan infame trampa, pero el que le ocultase su miedo a la oscuridad la había herido más que el azotador.

El gusanillo a punto ya de dar su último respiro alcanzó a clamar casi por completo vencido:

-Hice muy mal en ocultarte mi miedo, pero era más el de que tú me vieras con desprecio al saber quién era en realidad, y es verdad que te busqué en principio porque tu luz me sosegaba el susto, pero después comprendí, quizás demasiado tarde, que no era tu luz sino tu amistad la que me curaba de mi espanto.

El azotador, con triunfante sonrisa interrumpió, casi declamando:

-Linda redención, pero al fin va al pozo, con provecho he salido victorioso; ¡Si a mis consejos ella hubiera sido sorda, otra suerte, no estarían hoy al filo de la muerte!

-Así mismo el diablo triunfa en su camino, al aguzar la duda en un corazón débil y opalino.

Y el azotador estaba a punto de acabar con el gusano, tomándose su tiempo y disfrutando el sufrimiento de ambos, cuando el cuervo antes burlón hoy vengativo, planeó y se llevó de un picotazo a la odiosa luciérnaga al ver su luz brillando en el suelo, pero se encontró con una ingrata sorpresa cuando al intentar tragarla se topó con un gordo azotador que le dejó el pico completamente espinado.

El cuervo salió de ahí aullando de dolor, tirando la lamparita a los pies del gusano, mientras seguía retorciéndose en el aire.

Este sin pensárselo dos veces  la levantó y la aventó muy lejos, pues era su prueba de que la única luz que buscaba era la de la amistad de la luciérnaga.

Los dos amigos se abrazaron y ahora sin linterna se mantuvieron juntos noche y día, y hay quien asegura que al crecer se casaron y no me extraña, pues al fin y al cabo la amistad es sólo amor disfrazado.

FIN

J. Mangas

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