La gallina, el avestruz y la pata tonta.

Hubo una vez en unos pobres parajes tres alegres amigas quienes disfrutaban mucho pasar el tiempo juntas, juntas se iban de excursión y juntas regresaban, si en el lodo una caía, al momento la tres estaban; se confiaban sus miedos y sus anhelos, se consolaban cuando no marchaban bien las cosas, o si alguna vez surgía un problema por malentendidos de plumas y picotazos (ya saben, cosas de mujeres) lograban arreglarlo con un fraternal abrazo. Siempre ala con ala amigas ideales no dispensaban cuidados y cariños para la otra, forjándose así una fuerte amistad.

Pero es bien sabido que el tiempo no pasa sin mover las cosas, cuanto mejor son pone mejor empeño en ser implacable, y al alba de un nuevo día sucedió que las amigas se hallaron adultas y viéndose atrás sus juegos y cándidas risotadas, surgió el crudo tema de qué hacer con sus vidas.

-Pues bien -expuso la mayor de ellas, y también la más centrada, que era la gallina- muy pronto comenzaremos a traer huevos a este mundo y mis padres me han dicho hasta el cansancio que eso es una enorme responsabilidad

-Si lo sabré yo ‘manis’ -instó el avestruz- ¿Han visto el tamaño de esas cosotas en mi familia? ¡Cielo santo qué dolor! No, no, no ¡Qué dolorazo!

-Así es, pero me refiero también a que es mejor saber de antemano qué vamos a hacer con este don que nos ha otorgado el creador, planificar el mañana es no sufrir el hoy -completó la gallina

-Cierto, cierto, nada se debe tomar a la ligera ‘manis’, yo lo sé, yo lo sé, lo ligero dejémoslo para las hormigas que ponen unos huevecitos apenas distinguibles de la arena, nosotras tenemos una enorme responsabilidad y más yo, si lo sabré ‘manis’, ¡Si lo sabré con tamaños huevos!

Sólo la pata, tímida como siempre, se reservaba su opinión y escuchando atenta el cacaraqueo de sus dos amigas, se limitaba a asentir a todo.

-La situación es cada vez más difícil -prosiguió la gallina- y debemos saber cómo ganar la papa, todo don que se nos ha dado debe servir para ganar la papa.

-Cierto es, cierto es ‘manis’-farfulló la avestruz- toda razón tienes, toda razón tienes; hay que hacer algo, hay que actuar, ¡Si lo sabré yo que he vivido en pobreza, con sólo un hoyo donde meter la cabeza! Porque mi madre se dedicó a los hijos  y dar aquí y dar allá y nunca hizo nada ¡Si lo sabré yo ‘manis’!

-Les cuento lo siguiente -dijo la gallina con calma y con saber en sus ojos- acaban de abrir una granja que se dedica a la comercialización, entre otras cosas, de huevos, así es que sugiero que trabajemos ahí, la paga no es excelente, pero es constante, y pondrían un techo sobre nuestras cabezas.

-Mmm, no lo sé, no lo sé -exclamó la avestruz- como dije, mis huevos son una enorme responsabilidad, debo pensarlo, bien, muy bien, no son cualquier huevo, no como los tuyos

-¿¡A qué te refieres testaruda!? Mis huevos son los más apreciados por los humanos, además yo pongo alrededor de 290 huevos al año, ¿Dile tú turulata si puede superarme en algo?

-N-no, no me lo parece -contestó suavemente la pata

-¿No te lo parece zonza? ¿Acaso has visto el tamaño de aquellos? Si parecen pelotitas de golf los desgraciados, de golf, no sabría si empollarlos o jugar a las canicas, no, no, no, yo sí que tengo que pensármelo, ¡Con cada huevo del tamaño de esta gorda gallina!

-¡¿Cómo te atreves, yo gorda?! ¡Tú cabeza de chorlito, con los ojos saltones, más grandes los tienes que el cerebro! -y a nada estaban de darse con todo, cuando la pata, para evitarlo, expuso sus planes de vida

-Pues yo he pensado que voy a empollar mis huevos, tener patitos, voy a cuidar de ellos, trabajar para ellos y darles todo cuanto sea posible, eso será mi vida.

Al instante se olvidaron de su riña y atendieron asuntos de mayor preocupación, ensañando su ira con la pobre y “despistada” pata

-¿Pero qué has dicho hija mía? -sermoneó la gallina- ¿Me engañaron mis oídos o escuché que vas a criar hijos?

-No, ya lo he pensado y es lo que me haría sentir bien y realizada

-No niña no -chilló la gallina- tú estás mal, yo llamaba a esta testaruda -dijo señalando a la avestruz-, pero no te había visto a ti, ¿Piensas entregar tu vida a un montón de mocosos? Que a lo más te dan las gracias o te dejan molida de corajes y penas como a mi hermana Cocorita, que solitita renguea su vejes sin haber logrado nada.

-No, no, no; mala la cosa, mala la cosa nenita,  eso se oye muy mal, se oye peor que lo de la granja, tan siquiera mi ‘manita’ va a obtener algo a cambio, un techo y pan a cada rato, tú quieres vivir para otros, si lo sabré yo turulata, si lo sabré yo, ¡Que mi madre antes que otra cosa se dedicó a empollar cada huevo que tuvo, y a darles todo y ellos sólo la espalda cuando se fueron, si lo sabré yo que hay que pensarse bien las cosas!

– Yo no sé a qué e voy a enfrentar, pero sí sé que no puedo pensar en nada que me haga sentir más feliz y realizada, no por lo que voy a obtener, sino por lo que voy a hacer para obtenerlo.

– Hay niña, qué confundida estás, el disfrute debe estar al final de la jornada, la felicidad no es el proceso, sino el final de ese proceso, y el proceso debe ser sufrido para que rinda algo bueno.

-¡Pero vaya niña obstinada!, no hace caso a sus amigas que la han querido siempre, en fin, sólo tú pagarás por tus malas decisiones -auguró con seriedad la gallina y se retiró abrazada de su otra vez amiga avestruz.

-Yo por lo tanto me dedicaré a poner el más grande huevo, el más especial, el mejor de todos y entonces sólo así me dedicaré a empollarlo, y cuando nazca una majestuosa ave, como nunca ha visto alguien, la rentaré a una granja y viviré de lo que me paguen, sólo empollaré el especial, sólo el más grande, ¡Porque sé lo importante que tiene que ser! ¡Si lo sabré yo!

Y ambas amigas se fueron riendo su colosal plan de vida dejando a la pata con sus tonterías.

Puso un día su primer huevo la avestruz, un huevo grande y hermoso, pero a sus exigentes ojos sólo era un pobre mendrugo a lo que habría de venir si empollaba el siguiente, así es que tomo esa “miniatura” y corrió a la casa de su vecina, doña tejón, quien era bien sabido, pasaba siempre por apuros económicos con cinco tejoncillos qué alimentar y un marido que se decía no le faltaba un hogar donde estar.

-Doña comadreja, señora, mire que le he traído un manjar, para que nutra a sus críos y ayude a su situación, ¡Que si sabré yo está difícil! Le dejo este pequeño huevo que ya vendrán otros más y no quisiera tan pronto conformarme yo con tan poca cosa, pero a usted seguro que le sirve.

-Vaya, vaya, tan especial regalo, no le hallo en mejor momento, ahora que mis pequeñitos se hallan en la escuela y necesitan la energía los ‘pobretines’, ¡Se lo agradezco señora y otro día la espero por aquí, que esta es su casa!

Y se fue la avestruz de regreso a su pobreza, con la cabeza en alto viendo doble provecho en buscar siempre lo mejor para ella y ayudar al desamparado.

La gallina entre tanto estaba envuelta en la locomoción productiva de la granja que no le daba momento siquiera para saludar a su familia, un huevo diario era la meta y había que cumplirla, pues se decía que las gallinas que no lo hicieran iban a salir tan pronto como habían entrado, así es que la gallina, responsable ante todo, llegó a poner incluso dos al día por ser la mejor.

La pata puso su primer huevo y se dedicó a empollarlo, sin importar el frío o el hambre, se sentaba todo el día a brindarle calor, anhelando el momento en que se rompiera la cáscara.

Un día más y la avestruz puso otro huevo, esta vez enorme, precioso, mejor que el anterior, pero a los ojos del que quiere mucho, nada nunca es suficiente, y por segunda vez se halla la niña en casa de doña tejón obsequiándole el “pequeño” en pro de su situación, y como a caballo regalado no se le ve colmillo, esta lo recibió con grandes alabanzas y vivas de sus cinco niños.

Una vez más la avestruz salió con la cabeza en alto, segura de haber hecho lo correcto.

La gallina se hallaba trabajando como nunca se hubiera imaginado, pues se rumoraba ya de un excelente plan de retiro para aquellas que hubieran servido bien a la granja, cuando ya no pudieran poner un huevo más, y esto la motivaba a soportar las terribles jornadas.

Cierto día se supo que el bebé de doña pata nacería y las amigas, aunque recelosas, amigas, fueron a verla, la una de paso a desechar otro infame huevo, la otra aprovechando el único día de vacaciones que le daban al año.

La gallina llegó luciendo unas lustrosas zapatillas, el avestruz un majestuoso huevo, la pata las recibió con la humildad de siempre y mostró a su pequeño y feucho niño, las dos copetonas señoras al instante sintieron un enorme rechazo por él y no fueron así sus esfuerzos por ocultarlo.

-¡Ay ‘manita’ si no querías hacer las cosas, no las hubieras hecho de mala gana! -criticó risueña el avestruz

-No juzguemos a las personas por su aspecto -señaló altiva la gallina- pero mira cómo tropieza sin sentido el pobrecito, se nota a leguas desnutrido, permite que te deje un dinero para que te ayude

La pata esta vez realmente enojada, corrió a las dos amigas con graznidos que demostraban por fin carácter, todo por defender a su criatura.

Las dos amigas salieron sin problema, desdeñando la amistad de un ave de tan poca monta.

Los días pasaron y la gallina continuó con su ajetreo, esperando el día de su soñado “plan de retiro” y el avestruz esperando el huevo ideal.

Pues sucedió que por fin un día el avestruz puso un huevo majestuoso, más enorme que el que ninguna avestruz hubo puesto nunca, terso y brillante, como una gran perla, que por fin satisfizo las exigencias de la señorita, así es que decidió que este sí era digno de empollarse y se sentó en él esperanzada en la majestuosa ave que de él surgiría, pensando con lujuria en todo lo que ganaría rentando a su hija, o bien exhibiéndola, o ya vería cómo ganar dinero con ella, porque algo tan bueno siempre habría de dar una mejor recompensa.

Llegó la noche y doña tejón se preguntaba por qué ahora no había venido a socorrerla su puntual bienhechora, dieron las diez, las once ¡Las doce! y sus pobres tejoncitos chillaban a gritos la comida, pues acostumbrada ya a la ayuda poco si no es que nada hizo por conseguir su propio sustento.

Así es que decidió salir a visitar a su noble benefactora. Pero al llegar se encontró con que esta se hallaba empollando lo que pudo haber sido una deliciosa cena. Doña Tejón, desesperada por llevar algo a sus hijos, corrió por una roca que fuera parecida al huevo en el que estaba echada la avestrúz y con un rápido movimiento los intercambió de lugar, llevándose el huevo y dejando a la avestrúz encima de la piedra, el avestrúz que roncaba como un perol ni se dió por enterada.

A la mañana siguiente el avestruz seguía sentada, no hizo esfuerzo por moverse, por no incomodar a su majestuoso huevo, que pronto (sí cómo no) sería un ejemplar de ave. Y aún hoy se le ve sentada, pobrecilla avestruz, toda vieja y amargada, pues sin saberlo la ingenua sigue empollando nada, sólo  una roca como ella.

La patita feliz gozó la crianza del chamaco, vivió una segunda infancia, tuvo un amigo fiel y al cabo de otro tiempo a un incondicional sostén, que la llevó donde nunca pudo haberse imaginado.

Y de la gallina, qué puedo decir, si es claro, que quien se fía del humano, y de sus “planes de retiro” se encuentra menos que frito y no es lenguaje figurado.

J. mangas

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