En un rechoncho roble de crespas hojas vivía un curioso personaje llamado Don Conejo Pinturero. Era un joven conejo y su fama de gran pintor se extendía por todo el bosque y más allá.

Su casa se hallaba decorada con todas las pinturas que había hecho de los personajes más grandes y poderosos del bosque, ya que al ser el mejor retratista retrataba sólo a la crema y nata, así que ostentaba enormes lienzos del gran Rey León, del feroz General Oso, del Gato con Botas, del Tenor Luciano Saporotti, y hasta de la hermosa conejita de las revistas, que por cierto había sido su novia algún tiempo, y a un sinnúmero de personajes de las más diversas profesiones.

Pero un buen día concluyó que era demasiado bueno como para seguir pintando a personalidades famosas y pensó que si quería subir de nivel debería de pintar algo más que celebridades, algo enorme, algo digno de él y pensó que si buscaba a alguien que estuviera por encima de todos y de todo, debía de pintar al Sol.

Tomó el lienzo más grande que tenía, un costal de tubos de pintura de todos los colores, su pincel favorito y salió en busca del astro rey.

Pero al llegar a donde el sol extendía sus rayos se encontró con un cúmulo grisáceo de nubes cómodamente instaladas enfrente de él. El conejo se apretó el sombrero y gritó:

-¡Muy buenos días señor Sol, soy Don Conejo Pinturero y sería un honor para mí y sin duda para usted, el que yo pudiera hacer un retrato suyo! Pero antes ¿Podría rasurar  su rostro de esas grises nubes para que pueda verlo mejor?

-¡Don conejo pinturero, todo un señor, para mí sería un honor el que tú me pintaras, pero yo nada puedo hacer para mover a estas damas, ellas van y vienen donde ellas quieren y ni yo puedo darles semejante orden!

Entonces Don conejo pinturero se dirigió a las nubes gritando en tono amable.

-¡Hola hermosas señoritas de afelpado vestido gris! me llamo Don Conejo Pinturero y debo hacer un retrato del sol, ¿Podrían moverse unos cuantos metros para que me dejen verlo?

-¡Don conejo pinturero, pero qué linda sorpresa, es un placer tenerte por acá, y con todo gusto nos quitaríamos, pero nosotras no tenemos pies como tú!

-Más, en pago a que nos has pintado en muchos de tus cuadros -añadió otra- te diremos quién puede ayudarte. Busca al señor Viento y pídele que sople con dirección al norte, con eso nos moveremos y podrás pintar libremente al Sol.

-¡Muchas gracias hermosas nubes!  Pero díganme ¿Dónde puedo encontrar a ese señor?

-Eso no lo sabemos, pero el sauce te lo puede decir, ellos dos solían ser muy buenos amigos. Pero será mejor que lleves una sombrilla porque es un llorón.

Don conejo pinturero dio las gracias, se despidió y se dirigió donde el sauce llorón.

Allí en un paraje de largas yerbas encontró a este llorando, y resoplando en un pañuelo, Don Conejo le habló en tono firme:

-Muy buenos días señor Sauce, soy Don Conejo Pinturero y me dijeron que usted era muy buen amigo del viento, así es que me preguntaba si me diría ¿En dónde puedo  encontrarlo?

El Sauce habló entre sollozos y suspiros.

-¡Hola Don Conejo pinturero! Snif, Pues hace tiempo que no lo veo, snif, pero seguro que sé dónde se encuentra, snif. Pero, snif, primero quiero que me hagas un favor, y yo te diré dónde se encuentra recluso mi amigo.

-¡Claro, encantado! -Dijo el conejo exprimiéndose las orejas, pues por las lágrimas que le salpicaba el sauce parecía que estaba bajo un fuerte aguacero.

-Verás, snif, hace ya tiempo que no puedo dejar de llorar, por la mañana y por la noche, con frío o con sol, y ya me he acostumbrado a tal grado que ya ni sé por qué lloro; Snif,  si tú pudieras averiguar la razón de mis lágrimas yo con mucho gusto te diría dónde se encuentra mi compadre Ventarrón.

-Bueno, ¿Pero yo cómo voy a averiguar eso?

-Lo más probable es que el viejo cuervo lo sepa, ya que los dos éramos también grandes amigos, hasta que me volví un llorón y se fue, ve donde él y pregúntale, lo reconocerás porque tiene una pata azul.

Don conejo se despidió, esta vez contrariado, pero amable aún y partió hacia un dorado maizal donde había visto que muchos cuervos se reunían a comer.

Cuando llegó encontró a estos pajarracos revolcados en el suelo, dando estruendosas carcajadas y señalando hacia donde un viejo cuervo yacía encorvado sobre una enorme mazorca, al instante reconoció la pata azul y se dirigió donde este.

-Hola, soy Don Conejo pinturero, el Sauce me dijo que usted podría decirme por qué no puede dejar de llorar.

-Hola Pinturero, claro que sé porqué llora mi amigo, pero te lo voy a decir tan sólo si tú me haces un favor primero

Don conejo pensó negarse, pero ya había llegado muy lejos -Claro, creo que hoy es el día de los favores después de todo.

El cuervo parpadeó un par de veces para enfocar a Don Conejo, bajó hasta donde estaba y dijo:

-Bien, como verás esos jóvenes cuervos ríen a carcajadas de mí, y la culpa no es suya, sino de ese malvado granjero que pone unos terroríficos espantapájaros, y yo por mi edad siempre termino llevándome unos  sustos de muerte; lo que quiero que hagas es que le des un gran susto al granjero.

Don Conejo aceptó, se apretó el sombrero pues no sabía cómo rábanos iba a hacer eso y marchó en dirección de la casita del granjero.

Al llegar recordó las palabras de su padre, que era también un artista muy respetado <<Hablando se entiende la gente>> Así es que tocó a la puerta y se dispuso a hablar con el granjero antes que intentar pegarle un susto. El granjero que era un hombre amable lo invitó a pasar.

-Muy Buenos días señor, mi nombre es Don Conejo Pinturero y vengo a pedirle un favorsote del tamaño del cielo.

-Faltaba más amiguito, dime qué es lo que se te ofrece.

-Yo soy un gran pintor y me he encomendado la tarea de pintar al Sol, y no sé cómo me he envuelto en tantas cosas, endeudándome entre favor y favor es así,  que necesito que usted salga corriendo y gritando de su casa.

-Seguro que sí amiguito, pero la cortesía se devuelve con cortesía, así es que primero me gustaría que me hicieras un pequeñísimo favor del tamaño de un granito de maíz -Don Conejo sintió que le arrojaban un cubetaso de agua fría en la espalda-  Mi esposa murió hace un par de años y por las labores de mi granja, nunca he tenido tiempo de llevarle ni un mísero ramo de flores, si tú me trajeras unas violetas yo te daría gusto con lo que me pides.

Don Conejo aceptó haciendo una mueca y salió a buscar las dichosas violetas. Caminó un par de kilómetros y en una pradera verde esmeralda encontró a un enjambre de abejas que volaban confundidas hacia todas direcciones, carraspeó la garganta y se dirigió a la primera que tuvo al alcance.

-Buenos días Doña Abeja, yo soy…

-Lo sé, lo sé, eres Pinturero, pintaste a nuestra reina, sí, sí ¿Quieres ir al grano? ¡No sé si lo notaste pero estamos realmente ocupadas por aquí!

-Bueno, ¿Me podría decir dónde puedo cortar un buen ramo de violetas? –Dijo correteando al nervioso insecto.

-Claro que te puedo decir, conozco este prado como las franjas de mi abdomen, pero no sé si lo notaste, pero estas flores no quieren abrirnos el día de hoy, si tú pudieras hacer que nos abran yo misma te llevaría donde se encuentran las violetas.

-¿Y cómo puedo hacer eso?

-Pues es sabido que lo único que puede hacer que se abran las flores es el brillo del sol, pero hoy está muy apagado, si tú pudieras convencerlo de brillar yo te ayudaría a cortar las mejores flores.

Don Conejo se trepó en un enorme árbol y volvió a gritarle al sol:

-Señor Sol, esta vez no vengo sólo porque quiera retratarlo, muchos dependemos de que usted alumbre, como por ejemplo mis amigas abejas, quienes se quedarán sin comida a menos que usted se descubra la cara.

-Hola Don Conejo, ya te he dicho que yo de mil amores brillaría, ya que no me escondo por placer, pero no puedo mover a las nubes, ni tampoco pedirles que se vayan porque dejarían de hablarme, si quieres que brille tendrás que quitarlas tú mismo.

Don conejo un tanto enloquecido por no obtener nada cortó una larga rama del árbol donde se hallaba trepado, le amarró su pincel más puntiagudo, extendió los brazos y dio unos tremendos pinchazos a las nubes, estas se sacudieron y comenzaron a llorar gruesas gotas de lluvia; las gotas se impactaron en las abejas como una ráfaga que las tendió en el suelo, don conejo recogió a la abeja con la que hablara momentos antes y corrió donde se hallaba el campesino; lo tomó despistado y le metió el insecto al pantalón, la abeja propinó un doloroso piquete al granjero haciendo que este saliera corriendo,  gritando y manoteando hacia el maizal; el cuervo al ver esto le confió Don conejo que lo que había hecho llorar al sauce era un patadón que le había dado y que le había puesto su pata azul; el Sauce al escuchar esto se puso a llorar, pero esta vez de risa, recordando que se había merecido la patada pues le había metido un buen susto a su amigo el cuervo, entonces le contó que su compadre Ventarrón se hallaba escondido en una negra cueva y le recomendó que le dijera que iba de parte suya, así no podría negarse a hacerle favor alguno.

Don Conejo llegó a la cueva y encontró  al viejo Ventarrón, dijo que iba de parte del Sauce y le pidió que soplara un fuerte viento norte; este  lo hizo sin chistar lanzando a las lloronas nubes muchos kilómetros lejos del brillo del sol.

Don Conejo sacó su lienzo y pudo por fin sentarse a pintar su anhelado retrato del sol.

De vez en vez y entre pincelada y pincelada Don Conejo Pinturero sonreía pues recordaba que todo lo que había hecho le había enseñado que “Hablando se entiende la gente” pero “Actuando se logran las cosas”.

FIN

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