Un hortelano tosco y entrado en años, hallábase cortando manzanas en la tranquilidad del sol de mediodía, entonces, el Diablo, que a veces jugaba a observar a los hombres, al ocurrírsele un negro plan, se disfrazó de Dios y se hizo el aparecido.

Con toda gala, haciendo tronar al cielo y acompañado de un esplendor divino llegó caminando entre las hojas, que crepitaban fragorosamente.

El hortelano, hombre creyente de tradición, al instante se puso de rodillas y comenzó a alabarlo.  Este le pidió que se levantara y le dijo que había visto cuánta maldad corroía a la tierra y cuánto mal en lugar de bien se heredaba a los hijos.

El hortelano, asentía tan fuerte con la cabeza que tumbó su sombrero muy lejos.

Era así, que como había olfateado bondad en su corazón, le tenía una tarea muy especial.

El hortelano, besó los pies del supuesto creador y prestó atención a sus palabras:

–          Entra en aquella oscura cueva, y grita al eco toda la codicia que sientes, todo el odio que alguna vez guardaste, toda la envidia y el miedo que escondes y luego, cuando te halla devuelto una semilla, siembra un árbol. Una vez listo, me llamas.

El hortelano no titubeó un instante, y corrió a la cueva sin intentar comprender cómo ayudaría eso a los hombres.

Así lo hizo, luego corriendo desatinadamente, llegó a su hortaliza, y en un lugar especialmente fértil comenzó a sembrar la negra semilla obtenida.

Dios, que siempre observaba los actos del hombre, y para evitar que el diablo se saliera con la suya, también bajó a la tierra, pero no quiso ser tan evidente, así es que optó por disfrazarse del Diablo.

Llegó sin más aspavientos donde el hortelano y se sentó con ingenuidad a su lado, preguntándole en qué empresa se entregaba con tanto celo.

–          Siembro algo, con el fin de la ventura humana, señor.

–          ¿Y qué es lo que siembras, si se puede saber?

–          Odio, codicia, miedo, rencores, amarguras y envidia.

–          ¿Y qué esperas cosechar con semejante siembra?

Entonces el hortelano volteó y al encontrarse cara a cara con Lucifer, cayó de espaldas y empezó a tiritar sin freno.

–          ¿Quién te ha pedido tan particular empresa?

–          Di-di-¡Dios! –Contestó el hortelano al borde de un colapso.

–          Me parece que mucha ventaja has dado a ese tramposo, ¿Estarías de acuerdo en emparejar un poquito las cosas?

El hortelano asintió con la cabeza, entonces el supuesto rey del infierno le pidió que fuera a aquel claro estanque y se tranquilizara, luego vería reflejado su amor, su esperanza, su alegría, su ingenuidad y las aguas le devolvieran una semilla, que corriera a sembrarla al lado de la otra, y cuando hubiera madurado el árbol, lo llamara.

Así lo hizo el hortelano, más por miedo que por otra cosa.

Una vez que los árboles crecieron lo suficiente para dar fruto, llamó a Dios, pues lo halló más prudente.

Se presentó rápidamente el Diablo portando otra vez su disfraz, y esta vez a gritos y amenazando al hortelano, le ordenó que cosechara rápidamente y al tiempo diera de comer cada uno de esos frutos rojos y apetitosos a los hombres.

El hortelano, terminó de cosechar los jugosos frutos y antes de cumplir con la obligada empresa, pensó que sería bueno llamar también al Diablo, pues no sabía qué clase de cosas podían pasarle si no lo hacía.

Llegó Dios con rojizo traje, meneando la cola y sin perder su clara sonrisa.

Antes de dejarle decir nada, el hortelano farfulló chillonamente:

–          ¡No me lo digas, ahora quieres que corte todos esos feos, secos y cenizos frutos y se los dé de comer prontamente a los hombres!

–          Te equivocas –contestó sereno Dios

–          Esta vez no quiero que hagas nada, sin embargo, te aconsejo que te detengas un minuto y mires lo que estás haciendo.

Dicho lo cual, se fue caminando hasta perderse entre los árboles frutales.

El hortelano dio poca importancia a estas palabras y continuó cortando los bellos frutos que el falso Dios le había encomendado, pues el árbol se había vuelto a tupir y aunque seguía cortándolos, estos continuaban apareciendo.

De repente, cansado, se sentó un momento y pensó en las místicas palabras del Diablo, pensó en los gritos de la cueva y en la serenidad y belleza del estanque. Entonces cortando uno de los cenizos frutos del Diablo, lo comparó con uno de los rojos frutos de Dios.

Corrió a su cabaña por un hacha y tiró el árbol de Dios, luego se dio media vuelta y tiró también el árbol del Diablo.

Dios, esta vez sin disfraz, llegó como un tranquilo rayo de sol.

–          ¿Por qué hiciste eso?

–          Soy tosco, no entiendo todo, pero nada bueno puede salir de sembrar odio, rencor, envidia, egoísmo, por eso tumbé el árbol.

–          ¿Y por qué has tirado el otro? –dijo el señor aclarando aún más su sonrisa.

–          Sembrar bondad, amor, esperanza y alegría es loable, pero mi intención estuvo contaminada desde el inicio, lo que convierte al fruto de mis actos en algo cenizo e inútil a los hombres. Debemos juzgar con rectitud y no guiarnos por las apariencias.

Dios le guiñó un ojo, como quien da confianza a un niño y regresó al cielo feliz, pues siempre da satisfacción a un padre la lección aprendida por parte de un hijo.

FIN

J.MangaS

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