La primavera llegaba de nuevo, los dorados rayos del sol bañaban cada rincón llenando de vida y alegría el bosque. Todas las criaturas, pequeñas y grandes, feroces o tiernas saltaban aquí y allá, como festejando tal esplendor. Todas menos una, una infeliz tortuga para quien primavera era sólo otra época para llegar tarde a todo, cumpleaños, bodas, aniversarios o días feriados.

Todd, una tortuga de mediano tamaño, con los ojos amigables y una sonrisa melancólica, estaba harto de esta situación. Siempre llegaba cuando todos ya se habían ido, si corría la voz de una fiesta en algún lugar del bosque, para cuando él aparecía ya sólo quedaban papelitos de colores, serpentinas y vasos pisoteados, rastros de una increíble celebración que él siempre se perdía.

-¡Ya estoy hasta harto! –Exclamó Todd apretando los puños. -¡No me volveré a perder ninguna fiesta, buscaré a alguien que me pueda dar el secreto de la velocidad!

Sin pensarlo más, Todd se dirigió a visitar a la veloz liebre, pero esta no se encontraba, había ido a competir en la carrera anual de la entrada de la primavera, pero su amable esposa le dijo que si alguien lo podía ayudar con esa cuestión era el sabio búho o el astuto zorro, aunque le advirtió que se cuidara de este último. Todd dio las gracias y se puso en camino.

Así pues, Todd, receloso por naturaleza y precavido por experiencia, decidió visitar al sabio búho, el cual habitaba en lo alto de un abeto leñoso y anciano. Trepó con lentitud, pero con habilidad y llegó hasta donde este se encontraba.

-¿¡A qué debo el placer de tu visita, pequeño testudín!? –Exclamó el búho bajando sus gafas.

-¡Mi nombre es Todd, no testudín! –Reprendió la tortuga con gesto de molestia.

-¡No, no,  “testudín” es la familia de la que provienes, eres un testudín de la familia de los reptiles, mira estaba leyendo sobre ustedes! –Dijo el búho con su habitual entusiasmo -¡Hay más de 30 familias…

-¡Vine porque quiero que me entregue el secreto de la velocidad! –Exclamó Todd para cortar las divagaciones del búho.

-¡No creo que exista tal cosa amiguito! –Dijo el búho revisando sus libros.

-¡Recórcholis! –Protestó la tortuga desplomándose sobre la alfombra. -¡Moriré siendo lento, o tal vez llegue tarde como siempre!

-No debes lamentarte, cada cual tenemos lo que necesitamos. Como dijo un sabio “La grandeza reside en que tus debilidades se vuelvan tus fortalezas”

La tortuga se lo quedó mirando sin comprender de qué hablaba.

-Otro gran sabio dijo que “Nadie es más grande que aquel que se conoce a sí mismo”

La tortuga lo miró muy confundida y entonces exclamó con molestia.

-¡Pero yo no quiero ser grande, quiero ser veloz!

El búho rio con desparpajo.

-Mira, quizá con ejemplos entiendas mejor. Ven, iremos a una pequeña práctica de campo. –Dijo el búho poniéndose una bufanda, y ambos se dirigieron al bosque.

Un fiero lobo trataba de recobrar el aliento recargado sobre un viejo tronco. Había escapado de milagro a un gigantesco oso, el cual se había quedado con la presa que él había atrapado.

-¡Malaya! –Exclamó el lobo. -¡Cómo quisiera ser el más fuerte del bosque, estoy harto de huir del oso y del león, quisiera ser más poderoso que ellos!

En ese momento, el taimado zorro pasó junto a él sin verlo, venía doliéndose de la pata, la cual traía hinchada y lo hacía cojear. Había intentado estafar a un joven caballo y se había llevado en cambio una fuerte coz.

-¡Tú! –Exclamó el lobo tomando al zorro por el cuello. -¡Serás mi desayuno, después de comerte podré pensar con más claridad cómo derrotar al oso y al león!

El lobo se dispuso a comérselo, pues estaba muy hambriento, pero el zorro lo detuvo, usando sus argucias.

-¡No me comas señor, ciertamente haré mejor provecho a vuestros peludos y bellos oídos que a vuestro lánguido estómago!

-¡¿Mi lánguido qué?! ¡¿A qué te refieres?! –Preguntó el lobo alejando al zorro de su enorme hocico.

-¡Yo podría, con mi astucia, darte el secreto de la fuerza! –Dijo el zorro con una nerviosa sonrisa.

-¡¿El secreto de la fuerza?! –Dijo el lobo abriendo a más no poder unos curiosos ojos, luego dudó un poco. -¡Eso no existe!

-¡Oh, por supuesto que existe señor, muchos guerreros invencibles han conocido ese secreto, desde Atila el Huno, hasta… Harry Potter!

-¡Pues venga, dímelo o voy a prepararme un estofado contigo! –Amenazó el lobo.

El zorro trató de pensar en algo, pero no se le ocurría nada, entonces volteó a todos lados y vio al búho, que venía acompañado de una torpe y lenta tortuga.

-¡Eso es! –Exclamó el zorro. -¡El secreto de la fuerza es una armadura!

-¡¿Una armadura?! –Preguntó el lobo con molestia.

-¡Así es mi señor, todos los guerreros legendarios han tenido una coraza que los protege, y esa que tiene la tortuga te hará invencible!

-¡Pues tráemela de una vez si no quieres que te devore! –Exigió el lobo.

El búho le pidió a la tortuga que observara en silencio. Una mosca veloz revoloteaba por entre la hierba, al mismo tiempo un pesado y lento escarabajo se arrastraba con mucho trabajo.

-¿Qué es lo que ves? –Preguntó el búho a la tortuga, con una sonrisa.

-¡Una hermosa mosquita veloz, y un feo escarabajo, torpe y lento como yo!

-¡Perfecto, ahora hemos visto lo que todos ven, lo incorrecto, pero si esperamos más y tenemos paciencia, veremos lo que nadie ve, la verdad! –Señaló el búho agazapándose.

De pronto llegó un sapo brincando e intentó atrapar al rechoncho escarabajo con su pegajosa lengua, pero no pudo llevárselo a la boca porque era muy pesado, así es que se conformó con la mosquita a la cual atrapó con facilidad y engulló gustoso. La tortuga se estremeció.

-¿Y ahora qué viste? –Volvió a preguntar el búho.

-¡Que prefiero ser lento y vivo que rápido y muerto! –Exclamó la tortuga con espanto.

El búho rió. –Así es, cada cual tiene fortalezas y debilidades, nadie es tan envidiable o criticable, siempre una gran ventaja viene con muchas desventajas y viceversa.

-¡Muchas gracias señor búho, de ahora en adelante aprenderé a aceptarme como soy…

-¡Lamento interrumpir tan cordial reunión! –Dijo el zorro cojeando hacia el búho y la tortuga.

-¡¿Quién eres tú y qué quieres?! –Preguntó la tortuga.

-¡Bonita tortuga, vengo a librarte de ese feo, sucio y pesado caparazón, me desharé de él sin costo alguno para ti, para que no lo tengas que andar cargando!

-¡Imposible, el señor búho me ha enseñado a aceptar lo que soy, soy lento y feo, pero estoy protegido y soy feliz!

-¡Así es! –Dijo el búho satisfecho.

Así pues la tortuga se metió en su caparazón sin escuchar lo que tenía que decir el zorro. El lobo comenzó a impacientarse.

-¡Tráeme esa valiosa armadura o me haré un guisado contigo! –Gruñó el lobo.

 -¡Paciencia mi señor, os la traeré enseguida! –Suplicó el zorro.

El zorro rengueó de nuevo hasta donde estaban el búho y la tortuga y con el puño cerrado tocó en el duro caparazón.

-¿Quién? –Preguntó la tortuga sin asomarse.

-¡Soy yo, el zorro de nuevo…

-¡Vete, no te daré mi caparazón, sólo haré caso al búho que lo sabe todo! –Gruñó la tortuga, haciendo que el búho asintiera con una sonrisa.

-Ciertamente es muy sabio y lo sabe todo, pero ¿Sabe acaso cómo se burlan todos de ti? –Dijo el zorro con una fingida tristeza.

La tortuga asomó la cabeza. -¡¿Que todos se burlan de mí?!

-¡Bueno, no me tomes por un vil chismoso, pero he oído toda clase de burlas y mofas acerca de ti!

-¡¿Cómo cuales?! –Preguntó la tortuga sacando toda la cabeza de su concha.

-¡La liebre dijo que si el caminara con las orejas iría más rápido que tú!

-¡Malvada! –Exclamó la tortuga.

-¡Así es, y otros se refieren a ti como lentejuela, retardado, prehistórico, momificado, bobo, aletargado, e incluso dicen que eres más lento que el Internet Explorer!

-¡¿Internet Explorer, qué es eso?!

-¡No importa, todo el bosque te humilla a tus espaldas!

-¡No es posible! –Dijo la tortuga con lágrimas en los ojos. El búho intervino.

-¡Sin embargo, un sabio dijo “No me lastiman tus críticas porque estoy resguardado por el duro caparazón de mi inteligencia”! –Exclamó el búho tranquilizando a la tortuga.

-¡Es cierto, nadie me puede hacer daño aquí, que se hagan daño entre ellos con sus insultos! –Dijo la tortuga regresando a su concha.

-¡Señor búho! –Dijo el zorro señalando al lobo -¡Sería sabio de su parte que se pusiera de mi parte para librarnos de ese feroz cánido!

El búho volteó a mirar al lobo, el cual echaba espuma por el hocico y mostraba sus afilados colmillos, así que rectificó con rapidez.

-¡Sin embargo otro sabio también dijo “Nunca creí que se pudiera cambiar al mundo, sin embargo podemos cambiar cada día para ser mejores”!

La tortuga volvió a asomar la cabeza.

-¡Vaya, eso es hermoso! ¿O sea que en vez de aceptarme y ser feliz, debo cambiar todo lo que me hace fuerte por un sueño trivial y tonto?

El búho dudó, pero volvió a ver al feroz lobo y reiteró con entusiasmo.

-¡Claro, claro, el cambio es el motor de la verdad! –Dijo el búho con nerviosismo.

-¡Muy bien, entonces quisiera ser veloz! –Exclamó la tortuga.

-¡Perfecta elección, todo lo que tienes que hacer es darme tu caparazón! –Dijo el zorro con una ensayada sonrisa.

La tortuga salió de su caparazón y se lo entregó al zorro, este a su vez se lo entregó al lobo, el cual hizo esfuerzos sobrehumanos para meterse en él. Una vez que el lobo tuvo la concha de la tortuga puesta, apenas podía moverse y francamente se veía ridículo. El zorro, la tortuga y el búho hicieron un esfuerzo por no reírse.

-¡Ahora soy invencible! –Dijo el lobo, pero perdió el equilibrio y cayó de espaldas.

-¡Por supuesto señor, aunque más tonto que invencible diría yo! –Exclamó el zorro, el lobo quiso levantarse furioso, pero sólo se meció en la pesada concha. Quiso salirse, pero no pudo, estaba atrapado, el zorro había logrado engañarlo.

De pronto el gran león apareció ante ellos.

-¡Mi reino pasa por momentos de austeridad, así es que tendré que comérmelos a ustedes, platillos de inferior calidad y de dudosa procedencia! –Dijo el gran felino relamiéndose y afilando sus garras en la menuda yerba.

El búho sin pensarlo dos veces alzó el vuelo con gracia, guardando las citas filosóficas para otra ocasión; la tortuga ahora sin concha corrió rápidamente hasta un estanque cercano y se alejó nadando; incluso el lobo pudo apretujarse más y meterse entero en la concha donde quedó protegido; sin embargo el zorro, con la pata lastimada no corrió con tanta suerte.

No sé si el león se comió al pobre zorro, algunos vecinos del bosque aseguran que al morderle la cola el león desistió por su mal sabor. Sin embargo puedo decirles algo, no son los más tontos, ni los más inteligentes lo que terminan mal, son los que tratan de engañar a otros. Y es que a menudo son tan buenos engañando que terminan por engañarse a sí mismos.

 

Jossman Mangas.

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