La frenética carrera hacia mañana

El hombre es un ser de irracionalidad y maldad, dominado en todo momento por sus emociones y deseos, y la sociedad que ha forjado se basa en que unos cuantos devoren a los otros, la violencia y la injusticia predominan por doquier, la vida de cada ser carece de significado y termina inevitablemente en la muerte. Su deseo de inmortalidad es un deseo de perpetuar un error por siempre; porque en el fondo cada individualidad es realmente sólo un error especial, un paso falso, algo que mejor no sería, de hecho, algo de lo cual el propósito real de la vida es el sacarnos.

O al menos esta era la visión que tenían algunos de los filósofos más vehementes y hasta pesimistas como Schopenhauer, quienes veían al hombre como un intruso en la armonía de la naturaleza, lejos de aquel ser divino forjado a la imagen de dios, que había venido a sembrar la verdad, era un terrorista imponiendo su dominio en tierra ajena, una bacteria, algo que debía ser eliminado. Así, lo que él llama “tendencia de las cosas al caos” no es otra cosa sino la naturaleza misma tratando de retomar el balance, de seguir con su perfección interrumpida.

Pero Schopenhauer, como Nietzsche y tantos otros, también dio el crédito, quizá inmerecido, al hombre por eso que lo ha alejado de sus instintos, de sus deseos desmesurados, de la voluntad, es decir, de sí mismo, y eso era el arte.

El arte le abre un mundo de comprensión, en donde por un momento se puede escuchar a la naturaleza, sin hacer daño, sin un fin basado en la verdad falsa que nos atañe, la frecuencia de nuestra vida se hace ligera y podemos pertenecer a este lugar.

La tecnología es una mezcla extraña de su pasión por perpetuarse, de su salvaje deseo de inmortalidad, y del arte. La tecnología es una comprensión elemental de la naturaleza, de la mano de una ambición roedora de tener control.

Si algo no se puede negar cuando se habla del hombre es que para bien o para mal, vino a cambiar muchas cosas, a transformar todo aquello que lo rodea. La tecnología de punta, los así llamados, adelantos de la ciencia, bien podrían ser los retrocesos más escabrosos por los que ha tenido que pasar el mundo, los daños podrían y han sido incuantificables, y así también los bienes, el asombroso poder del ser humano se ve palpado en las gigantescas presas que parecen por un momento contener la furia de salvajes torrentes, se puede respirar en los cielos grises y sin estrellas, se puede oír en el concierto urbano y ver en el paisaje de hormigón y asfalto que encapsulan una biósfera llena de significados y carente de vida.

La tecnología es una carrera encarnizada que parece no tener una meta ni un objetivo, es sólo una locuaz competencia de niños en la sala de una casa sin padres, siempre pensando en el paso siguiente ignorando el pie que nos apoya; es el egoísmo echo utilidad para otros, porque los más grandes avances científicos han nacido del egoísta deseo de una o dos personas, que al intentar complacerse terminan complaciendo a millones.

La Internet, el más grande adelanto, regidor del nuevo siglo, dictador de normas y de estilos de vida, que no habría sido nada de no haber existido un artista que nos regalara su visión egoísta del mundo, y definitivamente nada habría sido tampoco, de no haber existido alguien que buscase poder, control.

La funcionalidad del mundo se basa en lo incompleto que es cada ser que lo habita, en el amor, en la reproducción, en la realización de cualquier empresa, siempre se necesita uno o varios complementos que hagan que el mundo funcione como la bien pensada red interdependiente que es. Al parir una idea es necesario que varias partes se junten y se reproduzcan en un nuevo avance que los hace perdurar, en la ansiada inmortalidad. Alguien ocioso, lleno de deseos, que por satisfacerse una necesidad nos satisface a todos, y alguien con capital ocioso que por satisfacerse también, nos financie el avance.

Albert Einstein decía que hay sólo dos formas de ver el mundo, ver todo como una red de casualidades, de cuya conexión deliberada nace lo que llamamos realidad,  o ver todo como una red bien estructurada en donde cada hecho está destinado a ser para complementar al otro que amalgame la estructura vital de funcionalidad del universo.

En el caso de los avances tecnológicos parece irreal pensar que todo es una casualidad, que cada quien actuó siguiendo a ese juez interno, siempre voluntarioso; más bien parece existir la mano de un escritor fantástico que articula cada dedo que se mueve al tejer las historias con una exactitud de relojero.  Que irrumpe en el momento exacto de cada actividad, de cada conciencia, que irrumpe con una levedad imperceptible y nos otorga la realidad, con esa porción de “progreso” inocua que preserva la vida y preserva el avance.

Al analizar incluso la vida “común” de los seres ordinarios que rondamos por los corredores de esta existencia, y que pensamos no interferimos con el curso de la vida, también se puede, si se es muy observador, y quizá un poquitín paranoicos, sentir a veces, quizá en su extremo apuro, la mano de ese controlador de los actos que nos detiene o avanza, que nos pone baches, nos acelera o nos da lo que buscamos más allá, o más acá, lo pierde y nos lo entrega en el momento que más le sirve.

Es casi imposible que a alguien no se le haya perdido algo que buscaba y que tenía la certeza cuasi absoluta de haber dejado en la mesita de centro, como una aprendida e inequívoca rutina, y lo ha buscado y buscado, gastando tiempo, siendo detenido a la fuerza, hasta que al fin, cuando el tiempo es preciso, cuando se solicita que podamos avanzar, encontramos esas llaves, o esos audífonos o ese amuleto sin el cual no podemos salir, en el lugar que ya antes habíamos buscado con la meticulosidad del enojo.

Parece fantástico y lo es, cierto o incierto, eso depende del sistema de creencias que nos resulte más carismático. Cuántas veces no se ha metido equivocadamente el boleto en el metro, o tomamos otra ruta que no es la nuestra, o encontramos todo transporte y personas a la mano sin desperdiciar un segundo para que nuestra labor fuera hecha, terminada y fuésemos sacados del campo. La extrema arrogancia de algunas personas las hace pensar “hoy tuve un día genial” o “fue un día de perros” pero a decir verdad, somos sólo parte de un tejido similar al de una araña, somos hilos que se conectan y jalar uno es dar holgura a otro, incluso romperlo, para añadir tres más; todo esto  me hace pensar que nosotros debemos ocupar el lugar indicado en el momento indicado, para morir, o vivir o para dar a luz un nuevo descubrimiento.

Para que fuera realidad Internet, cuántas personas fueron retenidas, cuántas aceleradas, cuántas muertas, cuántos nacimientos, quién se peló con su esposa por un pretexto inventado, quién se quemó con la sopa, quién se manchó la camisa con el vino, quién activó la alarma del súper, quién olvidó su maletín, quién caminó en lugar de tomar el autobús, quién se bajó antes, quién se subió antes, quién se detuvo a comprar un caramelo, quién decidió matar esa mosca, quién se enamoró, quién decidió tomarse el día , quién se durmió cinco minutos más, quién perdió su cartera y dio cabida al inversionista apropiado, cuántos jugadores de baloncesto se quedaron entrenando y fueron mejores, sólo para qué dos jóvenes inventaran los buscadores.

Y es que nuestra voluntad es intocable, nuestro libre albedrío, pero los factores que nos rodean escapan por completo al supuesto control que tenemos de nosotros mismos.  Y aún así, incluso a veces parece que nuestra “voluntad” se ve asaltada por esa mano intangible que ha obligado a los más grandes personajes a culminar alguna obra, como la Capilla Sixtina; aún con los hechos que nunca dejan de suceder, con las presiones, el amor o el odio, la Capilla, como el Internet, como la ciencia de clonación, son hechos que no pueden dejar de suceder, y el hombre de ve amordazado en un empeño lejanamente suyo; es así que no hablamos del caos de la naturaleza que vino a corregir el hombre, ni del caos del hombre que trata de corregir la naturaleza, sino de un compuesto de órganos y éter que está controlado por algo más que no podemos ver, ni entender, sino es en el juego de las comparaciones o de las metáforas viejas.

No significa que dejemos de llorar una muerte, o lanzar una fanfarria al cielo por un nacimiento, sino que comprendamos que la pasión del momento, que nuestra búsqueda es la búsqueda de tantos más, que nuestra mordaza y nuestra atadura son parte integral de un universo que se mueve y nos retumba los oídos, y nos cambia de posición, que somos parte de la realización de lo que “grandes hombres” realizan y parte de la blasfemia de lo que “ruines hombres” blasfeman.

Si acaso la obligación universal es avanzar, la orden suprema es el cambio, no hay adelante ni atrás, sino después, no hay falta de acción inútil, como hemos visto, todo sirve para armar el amasijo de funcionalidad de los hechos.  Pero la orden tatuada en cada órgano de este universo es evolucionar. Es así que incomprensiblemente, sin saber lo que le depara, sin sentarse un momento a pensar en las consecuencias y aún con muchísimos que vaticinan la erradicación del hombre por sí mismo, este sigue progresando lo que hace, dando más potencia a la máquinas, más inteligencia a los computadores, más capacidad a los chips, más capacidad de transmisión a sus satélites, miniaturizando aparatos, aprovechando el espacio atómico, aguijoneando a las células, hurgando en composición biológica, asaltando el genoma, erradicando y preservando especies.

Si todo funciona bien, siempre puede funcionar mejor, es una idea aceptada, pero pocas veces analizada. Los insectos, que han vivido en este planeta desde que el verde es verde y la atmósfera lo ha permitido, hace 325 millones de años, aproximadamente, llevan sus mismas costumbres, quizá adaptadas del mar que solían habitar a la colonización de la tierra, y funcionan bien y se preservan con un par de normas comunicadas a sus generaciones celularmente, es así que perdurarán  tanto como la tierra se mantenga viva. El hombre en cambio apareció hace apenas 2.5 millones de años y ya ha hecho cambios radicales en su esencia misma, en sus costumbres que escribe en roca, en papel, en electrones. Transformando la piedra, la arena, el silicio, el plutonio y el gen. El hombre es una efímera que nace, se marchita y muere en el parpadeo de un árbol. Entonces lleva la prisa en sus actos, lleva desesperación en su andar, en su afán de control. Entonces podríamos definir la tecnología como las patadas de ahogado de una especie que en su terror por ser olvidada y enterrada, debe dejar un testimonio de su existencia. Y la prisa con que todo cambia es la prisa con que muere y con que seguramente abandonará este planeta.

Lo inimaginable se hace posible, con una velocidad exponencial que multiplica por 2 cada paso que se da, y que resulta en millones y trillones a poca distancia de multiplicación. Esta prisa, esta impaciencia infantil es asombrosa, pero igualmente  temible.

Si imaginamos un mundo futuro seguramente estará poblado de automóviles aéreos, de casas esféricas, anillos inútiles y un movimiento incesante; pero la verdad será otra, porque los cambios más asombrosos no se dan en el exterior de las cosas, sino que tienden a interiorizar la forma de vida, tienden a detener el transito. Hace unos años era impensable que la mayoría de la gente dejase colgados los tenis para sentarse frente una pantalla con teclas a socializar, que un ordenador compitiera con Nike, que los alumnos abandonaran las aulas y los niños las calles. Si multiplicamos este efecto exponencialmente es casi posible que en un futuro, en unos mil años el ser humano pierda las extremidades y se concentre en un ser funcional interconectado mentalmente con el mundo, frágil y gris, (Visión que algunas revistas de dudosa cientificidad proclamaban del hombre del futuro) y su entorno, lejos de los anillos, estará hecho de conexiones luminosas de la mente, como una súper carretera de pensamientos, en donde la vida física se erradicará en su forma añeja y se reemplazará por una existencia más leve y detenida, sin sentimientos, controlada, donde la injusticia sea tan intrascendente como los recursos naturales.

Lo cual es otra visión idealizada de la “meta”, es decir, del lugar a donde nos lleva esta agitada carrera de microprocesadores y tráfico de información.

Porque lo más seguro es que la meta sea el fin, el fin del hombre, su erradicación de la tierra y su futuro surgimiento, desde cero, desde primate, en un ciclo infinito (idea ridiculizada por el Rey León de Disney).

Y es que algunos científicos afirman que el ser humano lleva existiendo y desapareciendo siglos, al igual que las efímeras que salen del agua, se reproducen y son comidas por otros insectos, en un día.

Y sus deducciones se basan en que el ser humano no puede compartir el conocimiento que lo hace humano a través de sus genes, y de generación en generación, sino debe dejarlo escrito en pergaminos o computadoras y enseñado a sus congéneres. Luego, de ser destruido el hombre, el conocimiento y sus adelantos, cada vez inscritos en materiales más intangibles y que no dejan restos verificables, serían destruidos, haciéndonos pensar que somos los primeros en llegar a lo que se está llegando. Pues los únicos indicios de vida inteligente que se preservan más tiempo son los conocimientos martillados en roca.

Loca o no esta teoría concuerda con que el ser humano desaparecerá de la tierra de la mano de sí misma, al alcanzar un éxtasis de conocimiento y adelanto que perturbe el orden primal de su propia especie. Con máquinas y ordenadores hippercognitivos que determinen que lo mejor para el hombre es el fin de sí mismo, como dicta Isaac Asimov. O con los adelantos en medicina, que pretenden que la producción de un humano sea como la producción de un automóvil.

Y si todo esto lo podemos ver en la ciencia ficción, en libros bíblicos y en superproducciones hollywoodenses, con grandes efectos aterradores, y estrellas de gran credibilidad, si sabemos a dónde vamos por nuestro propio raciocinio, ¿Qué nos hace continuar por esa senda? ¿Es la economía? ¿La mercadotecnia? ¿Es que la invención del Dólar cegó tanto así nuestras conciencias a la innegable presencia de los hechos?

Alguna vez creo que todos nos hemos preguntado qué mueve a las grandes economías a seguir creciendo, a devorar a otros, qué mueve al humano a querer más, a estar inconforme en el momento preciso en que parece estar satisfecho, en el segundo en que tenemos lo que queremos ya estamos cambiando de parecer. Es ese deseo implantado en sus genes, esa orden de avance, esa comezón genética insatisfecha que lo retiene en un movimiento y búsqueda y que lo lleva al borde de su exterminio. ¿Quién? Un Dios, una mano, la red interconectada de la naturaleza o un evento, una frecuencia que no se nos es dado oír.

La viuda negra macho avanza a reproducirse llevada por un deseo que no puede comprender, aún sabiendo que ha de ser devorado por la hembra una vez terminado el paso de material genético.

Después de todo, la validación de cada acto que realizamos, de cada pensamiento y por lo tanto de cada uno de nosotros está cifrada en el beneficio monetario que obtenemos. Así un nerd que no obtiene mujeres, que se encierra cada noche a vivir su obsesión, será visto como paria, como ridículo, a menos que logre algo, y lograr algo es lograr dinero, entonces será ejemplo, será dictador de lo que está bien y estará saldada su cuenta con esta sociedad. Aún cuando vayamos a la misma destrucción que la del vago tirado en la calle, la razón de nuestros desvaríos, de nuestra ociosidad, de nuestra más oculta locura, de la arrogancia o la entrega a metas imaginarias, es la moneda.

Es la sociedad cruel que ha forjado el humano, es el sufrimiento y el goce de tantos y es lo que nos permite vivir en la punta tecnológica que desgasta el lápiz existencial al afilarse y afilarse incesantemente. Y la basura generada algún día nos hundirá con su reclamo de muerte, cuando la moneda pierda el proteccionismo que nos da.

Anuncios