En una elegante casona como de cuento de brujas que se hallaba cerca de un apestoso pantano, habían construido sus nidos muchas hermanas arañas.  Una de ellas era una hábil cazadora, la mejor y más mortífera, pero a pesar de cazar tan bien, nunca había podido casarse, y jamás le había dado demasiada importancia, la cosa es que ya rondaba los cuarenta y sus gordas arañas hermanas no paraban nunca de insinuarle tal o cual cosa

-¿Con tan fino hilo y no has podido amarrar a nadie? -preguntaban y soltaban una maliciosa risa. La araña, que era fuerte de todo menos de carácter, no hacía más que sonreír con pena y tenderse en su hermosa tela a llorar su suerte, cuando nadie la veía.

Pues ocurrió que un día una sucia y golosa mosca, sabiendo que en aquella casona una anciana repostera preparaba los más deliciosos dulces y postres, se fue a estrellar incauta a la tela de la solterona araña. La araña se disponía a devorarla, cuando ya a punto de hincarle el diente se le ocurrió que tal vez el destino le había traído a su ideal caballero, y su deseo por no quedarse soltera hizo que viera a aquel con grandes y bellos ojos, con pelo terso y sedoso y con un aroma floral; pues tal vez lo tendría, si en el pantano hubieran flores, y el pelo sedoso, si alguna vez lo cepillara y sus ojos eran grandes pero no tanto como aquella panza, y la araña habría notado al espantoso fulano de no ser porque deseaba tanto callarles la boca a sus metiches hermanas.

Así es que convino con el oportuno bicho que la única manera en que salvaría el pellejo era si se casaba con ella, Don mosca que era todo menos tonto aceptó sin chistar, la araña saltó de gusto por haber encontrado al novio ideal, y al momento se ató al gordo insecto a la pata para que no fuera cambiar de parecer y comenzó con todos los planes que implican tener una boda.

Bueno -dijo emocionada la araña- debemos elegir en dónde nos casaremos mi amor -Don mosca, aunque siendo la presa, no dudó en imponer su voluntad para realizar la boda y al instante pensó en tres muy pequeñas, pero muy amañadas condiciones:

-Primera: Que la boda se realice en el pantano, ya sabes amorcito que yo soy de ahí y no me imagino casándome en otro lugar

-De acuerdo chiquito -respondió complaciente la araña

-Segundo: -dijo con tono más serio- que la boda la oficie el reverendo Mantis, es un gran amigo de la familia y es como una tradición

-Por supuesto, -respondió devota la futura novia, pensando más en su vida de casada que en las condiciones que le recitaba su maculado novio- claro que sí corazoncito.

-Y tercera: que invites a todas tus hermanas arañas, quiero que todas compartan con nosotros la gran, enorme  bendición de nuestro feliz matrimonio.

-Absolutamente, -respondió la araña, quien quería que todas sus maliciosas hermanas se enteraran de su casorio- ¿Pero y el banquete de bodas amorcito? -preguntó alarmada la araña

-Amada mía, eso déjalo también de mi cuenta, ¡Que te aseguro que será la mejor parte!

La araña puso a tres de sus más queridas comadronas a que le tejieran un vestido de ensueño, pues quería lucir impactante ante el altar y deslumbrar a sus hermanas.

Llegó el día de la boda y en el pantano se dieron cita todas las arañas de la casona y todas las moscas del pantano, unas aristócratas, de barrio y peladas las otras; unas cazadoras, presas las otras. Se miraban con desdén, pero en fin habían acordado tolerarse por el feliz acontecimiento. Las arañas se acomodaron en una mitad del pantano y las moscas sobrevolaban la otra.

El altar había sido decorado con dudoso buen gusto por las termitas y el ambiente era armonizado por chillones violines de grillitos desganados que orquestaban la peculiar ocasión, pero a ojos y oídos de la enamorada doncella, todo era de cuento de hadas.

Por el centro llegó caminando la araña cargando a su prometido, pues este no quería ensuciarse las patas, lo llevó encima con verdadera devoción, hasta donde el reverendo Mantis ya se encontraba listo para oficiar el casamiento.

-Las separaciones en especies sólo le sirven al hombre, en su necedad por dividirlo todo -comenzó su discurso el reverendo Mantis- pero nosotros estamos aquí reunidos para demostrar que todas las criaturas del señor son capaces de entregarse en los benditos lazos del matrimonio, sin importar clase social, género, familia, orden, o lo que sea que nos imponga la fastidiosa ciencia.

Hoy estamos aquí reunidos para unir a esta mosca con esta araña y aunque algunos pueden ver a un díptero y a un artrópodo, yo sólo veo a dos corazones latiendo al mismo tiempo el uno por el otro.

Llegó volando una pequeña mosquita quien traía consigo los anillos y los dejó caer en una almohada que sostenía la mantis.

-¿Señorita araña, acepta como fiel marido, para honrarlo y protegerlo y jamás comerlo, a esta mosca?

-¡Acepto! -contestó prontamente la araña

-Don mosca, ¿Acepta como amante esposa, para honrarla y mantenerla y jamás tenerla viviendo en la suciedad, a esta araña?

-Acepto -contestó la mosca conteniendo una sonrisa

-Pues entonces los declaro marido y mujer, hasta que la muerte los separe, -dijo al tiempo que cortaba el hilo que los unía con una de sus largas tenazas, entonces la mosca se elevó y dijo a la mantis:

-Ahora señor reverendo, es hora de que pague sus honorarios acordados, sírvase usted de un cuantioso banquete de bodas -y salió volando de ahí junto con todas las demás moscas, pero cuando las arañas quisieron seguirlo se hallaron con las patas pegadas al pantano.

A partir de entonces las moscas se apoderaron de la casona, jugueteando libremente y disfrutando de muchas golosinas, zumbando burlonas al recordar a las crédulas arañas.

El reverendo disfrutó por honorarios de un delicioso banquete de bodas y Doña araña y sus metiches hermanas, bueno ¡Quién les manda a confiar en una sucia mosca, que el pelado es pelado y el que complace a otros es al fin y al cabo embaucado!

J. Mangas

Anuncios